La revuelta fiscal de la nueva aristocracia global

Nota de opinión escrita por Miguel Urban Crespo para Publico.es

Los “impuestos son para la gente normal”, declaraba con orgullo Leona Roberts durante el juicio en el que ella y su marido Harry Helmsley, el también multimillonario empresario hotelero e inmobiliario, eran juzgados por evasión fiscal en 1988. La alergia al fisco de las clases pudientes es tan vieja como la historia del capitalismo. Pero en las últimas décadas el desarrollo de la ingeniería fiscal, los recovecos legales en un mundo globalizado con déficits de gobernanza y la multiplicación de guaridas fiscales han facilitado la tarea a quienes se enriquecen doblemente: con la expropiación de recursos y trabajo ajeno primero, y posteriormente evitando contribuir a la hacienda pública con una parte de sus descomunales ganancias.

Cada día más los Estados del Bienestar occidentales se sustentan sobre los impuestos de esa “gente normal”: trabajadores, pymes y pequeños empresarios que sostienen unos servicios públicos a los que no contribuyen las grandes riquezas. Por si las rebajas fiscales para las grandes fortunas no fuesen ya suficientes, año tras año conocemos nuevos casos de multimillonarios que esconden sus rentas y riquezas en lugares de no derecho lejos de las obligaciones tributarias de sus países de residencia o actividad.

Demasiadas veces llamamos “paraísos fiscales” a estos lugares, cuando solo ofrecen condiciones paradisíacas para esa minoría peligrosa que hace uso de unos beneficios tan inaccesibles como perjudiciales para las mayorías sociales para quienes esas guaridas son verdaderas “cloacas fiscales”. Agujeros negros que tragan equidad y democracia. Porque allí no rige derecho alguno que no sea la cruda lex mercatoria, exonerando del pago de impuestos a quienes más tienen. Un proceso que no solo aumenta las brechas entre el 1% más privilegiado y el resto de la población mundial, sino que además agudiza la crisis fiscal estructural de unos Estados donde quienes más ganan menos aportan a la caja común, debiendo por lo tanto aplicar medidas austeritarias que, de nuevo, sufren quienes menos tienen y contribuyen casi en solitario.

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Foto @ boublis